Cumbre Tajín: desentrañando las raices de la identidad

O dicho de otro modo: el inicio de un camino que conduce a mi identidad.

conciertos

Algunos conciertos que he disfrutado en Cumbre Tajín. Tool, The Flaming Lips, Troker y Lila Downs.

Cuentan que uno siempre regresa a los lugares donde amó la vida. ¿Has regresado a un lugar que no visitabas hace tiempo, que está lejos de tu vida cotidiana, aquel dónde todo lo vivido parece haber salido de un sueño surrealista? Y lo mejor de todo: Rostros sonrientes por doquier, piezas sueltas del rompecabezas de tu vida salen a tu encuentro. En un abrir y cerrar de ojos te encuentras en un lugar donde una parte vital de tu esencia se ha activado y continúa en crecimiento.

El parque Takilhsukut, sede se Cumbre Tajín, es ese mágico lugar para mi: es el inicio de una Yo que sólo anhela ser mejor persona. Es uno de mis lugares favoritos en este mundo… Y he visitado casi 20 países y un centenar de ciudades a mis casi 35 años, todo gracias a mis estudios y al apoyo que he recibido de mi familia, amigos y todo aquel que ha creído en mi. Provengo de una familia humilde pero con sueños grandes, que sabe luchar y dar. Pero no quiero hablarles de mi ahora. Más bien quiero compartir lo que he llegado a aprender en este mágico lugar, el inicio, el parque temático Takilhsukut.

De Cumbre Tajín he escuchado y leído muchas cosas, algunas de ellas negativas. Cosas como: “ese festival es puro desmadre, sólo utilizan la cultura Totonaca para vender” y cosas peores. Yo fui a dar a Cumbre Tajín por ver a Tool en la primavera de 2014, después de 5 años de vivir lejos de México. Al momento que escribo estas líneas, es la tercera vez que vuelvo a Cumbre como voluntaria. La primera vez salí con un enamoramiento, la segunda con lo que se conoce como “corazón roto” pero lleno de otras cosas maravillosas que ahí aprendí y la tercera, la tercera vez salí enamorada de la vida y de mi.

Y uno se puede enamorar de sí mismo y de la vida de maneras muy diversas. Se puede enamorar incluso a través de los elementos más insignificantes, más inverosímiles para muchos. Te puedes enamorar, por ejemplo, a través de un colibrí.

Cuando veas al colibrí volando, piensa que tú también puedes volar con tu inteligencia estudiada; te llevará lejos, hasta donde quieras llegar.

Akxni na akxilha jun kgoslawaka, kalakapastakti pi, wix natlan nalikgosa miliskgala, nikuma likgalhtawakganita, nalinan makgat lata niku chipinputuna.”

jun_obra

El maestro Jun Tiburcio y una probadita de su arte, además de algunos poemas de Xlatamat Jun – La Vida del Colibrí que aparecen en el texto.

Jun Tiburcio es nativo de las montañas de Chumatlán, Veracruz, del corazón del Totonacapan. Con una mirada atípica y exploradora cruza el recinto dónde los voluntarios aguardamos para empezar con nuestras labores. Su traje blanco de algodón, su pañuelo rojo, su sombrero y sus huaraches resaltan entre una multitud de seres sin identidad o con identidades demasiado diluidas. Y es así como mi aventura en este año da inicio, al tener el privilegio de acompañar durante mi voluntariado a uno de los artistas detrás de la magia que exhibe el parque temático y que comparte este festival.

Belleza – Takaxtay / Jun en La Vida del Colibrí

La ropa nos cubre, embellece nuestro cuerpo. De nuestro interior sale el ornamento del alma que cultiva su belleza.

 Kilhakgatkan litasputuyaw, tlan litasiyu kimaknikan kinpulaknikan taxtuyacha wa nikuma litakaxtayay kinakujkan malhuwi xlistlan kilistaknikan.

México es un país que, desde mi punto de vista, destaca por ser racista (¿autoracista?). En este país, las 62 etnias indígenas reconocidas, es decir, los cerca de 10 millones de mexicanos 100% indígenas, suelen vivir en el rezago y discriminación. Irónicamente, aunque la gran mayoría de habitantes de México también somos indígenas “mezclados”, por alguna absurda razón no nos gusta reconocerlo o aceptarlo.

Al pensar en estas cosas, en mi mente surgen muchas dudas e ideas. Por un lado, el festival Cumbre Tajín, el festival de la identidad, es una grandiosa oportunidad para precisamente acercarse a las raíces del México prehispánico, es decir, nuestras raíces, raíces ricas y profundas. Así como el árbol de la vida del parque Takilhsukut representa nuestra comunicación con el universo, la sabiduría de nuestros ancestros que brota de un manantial inagotable, que fluye y alimenta las ramas con frutos que llegan al cielo y que son nutridos también por la luz del sol, así somos cada uno de nosotros. Por otra parte, personas como Jun Tiburcio, mismo que ha elevado su palabra en Totonaco para exaltar la belleza de lo que le rodea, de lo invisible, de lo que hay en la mente y el alma, son de gran valor para la humanidad. Él ha recibido premios en otros países por sus obras, mismas que ha presentado en Canadá y en Australia, por mencionar algunos ejemplos. Sin embargo, mucha gente de este país le ignoraría o, incluso, serían capaces de hacer alguna burla por su reluciente vestimenta en algodón blanco. Y esto no es más que el reflejo de una sociedad que necesita urgentemente reconciliarse consigo misma, valorarse, quererse y vivirse en plenitud.

parke_cumbre_activ

Diferentes actividades culturales en el Parque Temático Takilhsukut. Orquesta de niños, el museo, Kantiyán (La casa de los abuelos), díalogo entre Totonacas y Nahuas, los Quetzales danzando.

Encontrar trocitos de identidad puede llegar a ser tan fácil que basta con detenerte a contemplar artesanía mexicana. Luisa Castaño Parra vende sus artesanías frente al zócalo de Papantla, ella y su familia tienen un pequeño taller en el que fabrican aretes, palos de lluvia, tamborcitos y otras artesanías. Me detuve a verlas, he comprado unos aretes que son pequeños voladores y un tamborcito. Doña Luisa me dice: “Gracias por valorar nuestro trabajo, nuestras artesanías. Es muy importante preservar nuestra cultura, hay jóvenes se van y no quieren saber nada de sus raíces, mi hijo sí, pero muchos otros no. Gracias por interesarte en lo que hacemos”. Por su parte, Fernando Díaz, a diferencia de muchos vendedores en Teotihuacan, espera pacientemente bajo el sol en la calzada de los muertos. Vende obsidiana, él mismo ha creado nuevas formas para poder dar masajes en diferentes partes del cuerpo y según los malestares que podamos tener. Las vende de ornamento también. Nos cuenta como ha aprendido esto de su familia, sus abuelos. Nos habla con mucha tranquilidad de las propiedades de la obsidiana y como ha sido importante desde el México prehispánico. Nos cuenta que a su hija le habla de esto, ella tiene 19 años, pero va a la universidad, él quiere para ella una vida con más oportunidades, pero que nunca se le olvide que es teotihuacana, de sus raíces.

“La palabra del corazón – Xtachuwin naku – Jun en La Vida del Colibrí

Haz valer tu habla, que persona ajena no valorará, sino nosotros mismos. Escribe tu lengua, estúdiala, háblala, escúchala.

Abre tu sabiduría, ámate, respétate, hónrate a ti mismo. Así elevarás tu autoestima.

Kalipawanti mintachuwin tiku kaj atanu namachixkuwiliy pi ni akinin.

Katsokgti mintachiwin, kalikgalhchuwinanti, kakgaxpatti.

Kamalakki miliskgalala, kapaxkikanti, kakakninikanti, kalakgachixkuwika mikstu. Chuna Lanka namakglhkatsikana.

En La vida del colibrí, el último poemario de Jun, se reúnen de manera sutil los elementos que dan vida a esta ave tan importante para la cultura mexicana. La obra inspirada en el poemario se ha presentado en esta edición de Cumbre Tajín. Me es imposible dejar de notar el carácter de cada una de las esculturas de barro, las pinturas e instalaciones que Jun ha realizado para la misma. El colibrí que lleva vida, la vida que dejamos al partir, la paz con la que se marcha de este mundo un ser que contribuyó en armonía total, la ternura del colibrí. Observo las pinturas que acompañan el poemario. Qué belleza el detenerse a contemplar esos milagros de la naturaleza y que se nos han regalado: colibries en vuelo, amorosos, elegantes, nidos, el colibrí muriendo consciente y tranquilo.

Resulta toda una experiencia escuchar a Jun mientras habla de su obra. Nos habla de la vida, de la muerte, del alma, de lo que dejamos cuando partimos de este mundo, de la fisionomía del colibrí, de los tipos de colibries que existen, de política, de lugares lejanos, de sus ancestros y su lucha, de rendirles homenaje. Es un recorrido por la esencia del ser humano, así como lo es su poemario “La vida del colibrí”. De Jun también he aprendido que puedes transformar algo doloroso o desagradable en lo mejor de ti, en una obra de arte. ¿Acaso no es esto una manera maravillosa de vivir?

“Dejen a los niños volar”, expresó Jun en una conferencia. Y precisamente una de mis experiencias favoritas en el festival de Cumbre Tajín es la ceremonia ritual del volador. Para mi, esta ceremonia encierra el nivel máximo de conciencia del ser humano. Una perfecta comunión entre lo material y lo espiritual. Es usar los recursos con total agradecimiento, es anhelar ver el mundo y el universo lleno de colores. Es dar lo mejor de uno mismo en ofrenda por lo que nos llevamos de la Madre Tierra. Los Totonacas, así como las otras etnias, siempre piden perdón y permiso por lo que utilizan, siempre agradecen y dan algo, lo mejor de sí, en ofrenda.

Desde mi primera vez en Cumbre Tajín me ha conmovido de manera muy particular el vuelo de los niños: orgullosos, elegantes, ellos saben que forman parte de un ritual que en 2009 ha sido declarado por la UNESCO como patrimonio inmaterial de la humanidad.

niños_voladores

Niños voladores.

Marisel tiene 16 años, ella, junto con otra niña de 9 años, son parte de la escuela de niños voladores de Arenal Coxquihui en la sierra de Papantla. Después de su vuelo, al bajar desde una altura de 18 metros, le pregunto a Marisel qué siente cuando vuela. Una niña delgada, aparentemente frágil me contesta con total sabiduría:

Es una emoción muy grande el volar, me conecta con mis ancestros, con mis abuelos, con mis raíces indígenas, eso que casi nadie hace.”

Alas de colibrí – Xpakgan jun / Jun en La Vida del Colibrí

Alista tus alas de colibrí, vuela como él. ¡Vuela!… Que nadie te alcance. Vuela sin parar. Alas de colibrí, alas de huracán, alas de luz. ¡Alas del tiempo!

Vuela solo o acompañado, pero vuela, no dejes de volar.

La vida es constante vuelo. Si dejas de volar algún día, todo se apagará; entonces sabras qué es descansar.

Alas de colibrí, alas de huracán, alas de luz. ¡Alás del tiempo!

“Tenemos diferentes colores en nuestro exterior, pero en el interior todos tenemos la misma esencia”

– Maestra Eneida Hernández, escuela de museografía del Centro de las Artes Indígenas

Tener la oportunidad de hablar con gente en la aldea Totonaca del Parque es una nueva oportunidad de ver con un enfoque diferente la vida, incluso poder ver y entender cosas que jamás habías vivido o pensado. En este mágico lugar he podido escuchar esas voces que hablan de identidad, de amarse a uno mismo, de amar la tierra y todo en ella, de la armonía y de la felicidad de ser uno mismo. Una de las arterías del festival es la exhibición permanente del Museo del Centro de las Artes Indígenas. Ahí se presenta “Kiminatkan” – Nuestros dones. Esta exposición busca desentrañar la cosmovisión totonaca, el nacimiento del padre Sol y cómo les ha otorgado los dones a los totonacas. Los dones de la alfarería, carpintería, algodón, volar, danzar, pintar, etc. Y también de eso se trata la identidad: de estar en armonía con el mundo y saber lo que se quiere hacer, saber cuál es nuestro don.

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La Maestra Eneida Hernández y Miguel J. León. Otras dos personas a quienes admiro y respeto muchísimo y que me han abierto las puertas de este maravilloso mundo a través de mi voluntariado en Cumbre Tajín.

Voluntarios en Cumbre Tajín 🙂 .

Yo solía temerle mucho a las abejas. El sólo ver una me hacía querer desaparecer, salir corriendo. Un buen día me contaron sobre las abejas alfareras y como de ellas habían aprendido a trabajar con el barro. Entonces, pude ver como estas valiosas culturas tratan con respeto cada criatura, cada elemento de la naturaleza. Un día entré uno de los baños del parque Takilhsukut. En el suelo yacía una abeja alfarera moribunda, me dio mucha pena que terminara aplastada en el suelo, como pude la tomé de una ala, la puse en la palma de mi mano y la llevé al césped. Pensé: “Aquí podrás descansar mejor, amiguita”. En este mismo parque, he llorado conmovida por la ceremonia ritual del volador y me han dicho palabras para aliviar mi sentir, mi impotencia por ver lo poco que la gran mayoría de los mexicanos aman sus raíces, aquí me han enseñado a tener fe en que con arte, humildad y paciencia, se puede amar lo que uno es. Yo vivo en el norte, en Baja California, y el universo más colorido de la cultura prehispánica suele estar muy lejos de mi. Así de profundo puede llegar a ser un cambio cuando en tu camino encuentras las experiencias y la gente adecuada, y, sobre todo, cuando estás dispuesto a aprender.

Además, en este parque, he visto y compartido alegrías, historias, risas y sueños. En esta ocasión, el punto final de mi voluntariado ocurre en una pequeña cafetería en el centro de Papantla. Mis compañeras voluntarias Indira y Susana abren su corazón y hablan con profunda admiración y amor de sus abuelas. Comentan tantas cosas que les han enseñado: desde viajar hasta tejer. Susana menciona a las abuelas alfareras Totonacas, ella ha realizado su voluntariado en alfarería los dos últimos años. Susana, con lágrimas en los ojos, nos comenta que a las abuelas se les ilumina el rostro cuando te acercas a hablar con ellas. Una simple pregunta cómo ¿Y cuándo aprendió a hacer esto? desata una lluvia de palabras, una suave brisa de recuerdos bien vividos y aprendizaje. Y con esta plática final todo vuelve a su lugar: hace falta respetar a los abuelos, los ancestros, nuestras raíces, nuestras costumbres. Sólo así ganaremos nuestra identidad.

“Hay que seguir sembrando ese árbol de la buena fruta, que se vean reflejadas en esas frutas nuestra manera de sanar, de compartir.”  

Abuelo Juan Simbrón (7 de noviembre de 1916 – 25 de febrero de 2015)

P.D. Un agradecimiento enorme a Francisco de León y a Hernán Encinas, nuestro coordinador y la persona que nos mantiene “a raya” en el área de voluntarios, gracias por darme la oportunidad de adentrarme más en este maravilloso mundo Totonaca.

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One comment

  1. caty · April 30, 2016

    Gracias

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