La mujer gato

Prólogo

Los sueños, esa otra parte de la vida de las personas que pocas veces se recuerda. Cuando duermo viajo a lugares y situaciones que ni despierta habría imaginado. Uno siempre habla sobre las cosas que le pasan cuando se está despierto, quizá porque hablar de las cosas que uno sueña puede ser algo arriesgado.

Dicen que soñamos con aquello que despiertos no somos capaces de afrontar, pero toda mi vida he recordado mis sueños, cada mañana, y puedo tener certeza de que los sueños, como la vida, tienen de todo. Sin embargo, después de muchos sueños uno va aprendiendo a ser selectivo con las personas con las que compartes ese mundo de fantasía. Porque uno puede compartir cosas sencillas con cualquiera (como una taza de café o una galleta) pero sólo con ciertas personas especiales disfrutas compartir esas cosas sencillas, con esas mismas con las que compartes las demás cosas, las importantes.

El relato de este sueño es para ti y con la confianza que no me tomarás por loca. Te lo confío con la esperanza de que, como yo, puedas ver también en este sueño el reflejo de nuestra amistad.

Inició como un sueño de los aburridos, en los que uno sueña cosas normales de la vida. Me levantaba como cualquier día, caminaba hacia el parque como cada mañana. ¿Sabes?, después de vivir toda una vida en el desierto, uno siente que está en el paraíso cuando vive en una ciudad llena de árboles gigantes. Me gustan los árboles y las nubes de este lugar, me gusta el parque cerca de casa pero no me gustan los gatos. Los gatos me parecen lindos pero, en general, su actitud posesiva y exigencia de atención me disgusta. Por todo el parque hay gatos, son gatos del parque, no son como los gatos consentidos y exigentes que he conocido, son gatos libres aunque con ese mismo aire de arrogancia que tienen todos. Estos gatos están siempre en grupos y hay de muchos tipos, atigrados, negros, pintos, grises, blancos y amarillos en un mismo grupo, eso me agrada, ojalá los humanos tuviéramos esa capacidad de dejar de lado las diferencias de pelaje y vernos como una misma especie. Una vez llamó mi atención uno que se rehusaba a aceptar comida de un extraño, sentado sobre sus patas traseras, con la cabeza en alto, como diciendo “gracias, pero puedo alimentarme yo mismo“. Creo que empiezan a agradarme, aún así, no tendría uno de mascota, sólo me agradan gatos como los del parque.

Carmen Ayala.

 Mini-prólogo del Prólogo

Ella está lejos ahora, sigue cumpliendo sus sueños y volando cada vez más alto. Yo la extraño a veces, pero me hace más feliz saber que recorre el camino que siempre soñó con recorrer. Hablamos por chat de vez en cuando, así fue como me ha contado grosso modo este sueño, mismo que yo he encontrado fascinante y he tratado de darle vida en el relato que comienza a continuación. Gracias por compartirme este pedacito de tu mente, Carmen.

Mónica Blanco 


 

La mujer gato

En la vida pueden llegar a ocurrir situaciones extrañas, inverosímiles, confusas. ¿O será que hay días más propensos para ese tipo de situaciones? Vaya uno a saber. Uno de esos sucesos raros esta por ocurrir el día de hoy. Me levanté como cualquier día, no había planes para nada particularmente especial. Despierto, abro los ojos, miro el reloj. Me digo a mi misma:

¡Sí! Veamos qué cosas nuevas sobre mi trabajo de tesis aprendo el día de hoy.

Y sin más, me lanzo a vivir mi día.

En realidad el día de hoy no es como cualquier día, estoy en un congreso en una alegre y antigua ciudad. Camino todos los días a la sede del congreso. En realidad es un recorrido corto, pero me gusta. Siempre hay gatos en el camino y, aunque no soy muy amante de los felinos (por no decir que no me gustan), gracias a estos huidizos gatitos que me encuentro en el camino, he aprendido a tomarles un poquito de afecto o curiosidad, yo que sé. Quizá será porque también en el lugar dónde ahora vivo siempre hay gatos en el parque que está de camino al observatorio astronómico.

Hace relativamente poco tiempo vivía muy lejos y soñaba muy alto. En aquella ciudad frente al mar conocí a una mujer que ratos era un poco extraña y ella sí amaba a los gatos. Nos hicimos amigas, las dos compartimos brevemente el espacio y el tiempo, compartimos partes de nuestras vidas y cómo veíamos la vida en general. Es curioso, algunas veces me acuerdo de ella cuando camino y miro a estos gatos del camino. El día de hoy no es la excepción.

Mientras camino un poco de prisa, pues ya era algo tarde para llegar a la primera charla, me distraigo viendo un vestido de flores en un escaparate, pienso en que mi hermana está muy lejos y no puede confeccionármelo aún más bonito, como siempre hace… Ahora recuerdo a mis hermanas, a mi padre, seguramente está preparando el desayuno ahora mismo. Recuerdo las minas. Mi mente vuelve a divagar mientras camino y de pronto no sé bien en dónde estoy. Como parte de la aventura que me supone esta nueva etapa de mi vida, trato de no alterarme, más bien pienso:

— Bhoo, si llego un poco tarde hoy no pasa nada, seguiré caminando que seguro a la vuelta de la esquina encontraré una calle conocida para llegar al congreso.

Los gatos en el camino siguen siendo una constante, los puedo ver entre los arbustos, en la calle tomando el sol, en las ventanas y en los techos. Sigo caminando y, entre toda la gente en esa calle, un gato llama mi atención. Está solo, sentado al lado de una especie de hoyo, muy cerquita del borde. Al verle siento como si lo hubiese visto antes, tiene algo que evoca recuerdos en mi mente. Me da miedo que caiga y un instinto de protección me susurra que debo alejarle de ahí. Como puedo, comienzo a decirle:

— Gato, ven, gato, aléjate de ahí.

Pero el felino no me hace caso. Con un poco de vergüenza comienzo a hacer ruidos, según yo son maullidos, aunque ahora que lo pienso más bien son ruidos extraños para llamar su atención. No entiendo bien aún por qué lo hago. Un hombre joven, alto y delgado, con aspecto un poco apático, me dice:

–Ni lo intentes, es la mujer gato, no le hace caso a nadie.

Yo le miro y siento frustración por lo que me acaba de decir. Por alguna razón yo sé quien es ese gato y no me agrada el hecho de que ese hombre me diga que no puedo moverle de ahí. Por ahí me han dicho que soy necia, y es verdad. No le hago caso y me acerco a “la mujer gato” para sacarle de allí.

Mientras me acerco la sensación que me invadió al verle va en aumento. Es un gato que no es negro, no es atigrado, no puedo distinguir bien que patrón forma su pelaje, pero a medida que me acerco yo lo empiezo a ver claro, casi blanco. Paradójicamente, cuanto más me acerco, más difusa se va haciendo su apariencia. Y entonces, poco a poco, veo que más allá del gato, en alguna parte de su cuerpo, en efecto, hay una mujer.

La mujer gato gira su cabeza hacia donde estoy, me mira con sus ojos grandes y felinos. Le sonrío y le digo:

— ¡Eres tú! ¿Qué haces aquí? ¿Por qué no me hiciste caso antes? Vamos, te llevaré a otro lugar.

La mujer gato era mi amiga a la que conocí en aquella ciudad frente al mar, estaba ahí pero era como si no estuviese. Ya no me miraba, más bien me ignoraba. No pude entender por qué se comportaba tan rara y, sobre todo, por qué era un gato. Aún así, la tomé en mis brazos. Ella lo permitió y la alejé de ese hoyo.

Empecé a contarle de cuando nos conocimos en aquella ciudad frente al mar. Cuando las dos teníamos el cabello con mechas de colores: yo rosa y ella azul. De cuando trabajábamos juntas, de las cosas que nos hacían reír. Recordé cuando le comenté que ella siempre aprovechaba cualquier oportunidad para disfrazarse de gato. Mi amiga, la mujer gato, se mantenía quieta, impasible en mis brazos. Hasta que por fin empezó a hablar y a actuar como siempre actuaba: a ratos risueña, a ratos enojona, a ratos huraña, a ratos incluso un poco cálida con los demás. Se empezó a reír de una vez que se subió en un mueble en la oficina que estaba junto a la ventana para cerrarla y yo le he sacado una foto. Y empezamos a recordar muchas cosas juntas.

Yo ya no tenía ni la más mínima idea de donde estábamos pero ella me miró y me dijo:

— Ven, tenemos que subir estas escaleras, seguro que te va a gustar la vista que hay cuando terminas de subir. Sígueme.

Y le hice caso. No puse atención en las calles que anduvimos hasta llegar ahí, hablábamos como cuando vivíamos en aquella ciudad frente al mar. Era como si no hubiese pasado el tiempo y a la vez nos contáramos todo lo que había pasado en este tiempo transcurrido desde que yo me fui de ahí. Lo único que había cambiado era que ella era un gato, una mujer gato y, sin embargo, seguía siendo humana a la vez.

Subimos muchas escaleras, muchísimas. Yo confié en ella porque, al parecer, ya conocía bastante bien ese lugar. Y de pronto llegamos a una especie de azotea de una iglesia antigua, de esas de tipo medieval, cuyas marcas del tiempo eran muy visibles. Mi amiga, como era un felino, estaba como si nada. Yo estaba un poco cansada pero entusiasmada por lo que veríamos.

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Nos acercamos al borde de la azotea. Una ciudad en movimiento estaba a nuestros pies. Era verdad, la vista era bella, más no era única o impactante, o al menos no lo era hasta ese momento. Me giré para ver a mi amiga. Sus orejas felinas estaban apuntando hacía abajo, hacia dónde toda esa gente caminaba entre calles, edificios, casas, coches y árboles. Sus pupilas estaban dilatadas, observando atentamente a la muchedumbre. Entonces, sostuvimos esta breve conversación que ella inició así:

— ¿Ves toda esa gente caminando allá abajo?

— Sí.

— Teníamos que llegar hasta aquí para poder recordarnos quienes somos, Carmen.

Y entonces, entre toda esa gente vi a mi madre, a mi padre, a mis hermanos, mis amigos, hasta a unos compañeros de la escuela primaria dónde estudié. Me sentía feliz, era como si entre toda esa gente, en esa extraña ciudad, hubiese una ventana a mi vida, a mi pasado y, a la vez, estaba mi presente lejano de todo cuanto fui. Estaba feliz por que por fin podía hablar con la mujer gato en la que se había convertido mi amiga y me volví hacia ella para comentarle lo que veía y lo feliz que estaba de poder hablar con la mujer gato. Pero cuando giré la cabeza una vez más ella ya no estaba ahí y yo estaba en la calle en la que la encontré. El gato ya no estaba al borde del hoyo, la mujer gato ya no estaba ahí y el hoyo en esa calle ya no me infundía temor.

En fin, parece que nunca sabré con certeza que ha pasado. ¿Acaso fue un sueño? Vaya uno a saber. Creo que cuando camine por las calles de cualquier ciudad seguiré mirando a los gatos, pero algo dentro de mi me dice que nunca más volverá a aparecer una mujer gato como la que vi ese día. Nunca más.

Una historia trazada por polvo de estrellas

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Nebulosa de Orión. Se trata de una región de formación estelar, es decir, un lugar donde nacen las estrellas.

Dicen que la vida es un viaje. Uno largo, mientras lo vives. A veces corto, cuando lo recuerdas. Un viaje sin retorno, sin duda. Dentro de este gran viaje, existen pequeños viajes que emprendemos. Los motivos pueden ser diversos: por trabajo, de descanso, por curiosidad.

Hace unos días hice un viaje a lugares en los que anteriormente había estado en su mayoría. Sin embargo, en 18 años muchas cosas pueden cambiar. Las ciudades y los pueblos cambian: crecen, se remodelan, muchas veces se embellecen, otras veces caen en decadencia.

Mi viaje fue hacia mis raíces, aquellos lugares en los que nací, donde nació una niña que dicen que era tierna y tímida. Fue un viaje que he planeado por años, más de diez, pero que por diversas razones no pude hacer hasta este diciembre de 2016, ya que quería hacerlo con mis padres. Estas líneas no serán una bitácora de estos 9 días, no. Más bien quiero compartir algunos de los pensamientos que en mi laberinto mental han surgido a raíz de esta experiencia.

18 años pasaron desde la última vez que estuve ahi y la diferencia es muy grande. Yo era una adolescente de 17 años: perdida, confundida, con muy poco amor propio, que sentía muy fea y que se escondía tras una apariencia un tanto ruda, pero que aquellos que podían ver su alma, podían ver lo que ella misma no podía. Esa fue la última vez que vi con vida a mi abuela materna Esther. La última vez que vi sus ojos llenos de melancolía y ternura. Y ese recuerdo me ha acompañado a dónde quiera que he estado.

Mi tio Pedro, eposo de mi tía Guille, que a su vez es hermana de mi mamá, me ha dicho algo que se ha quedado grabado en mi: “Somos la forma en la que ahora se hacen presente cada uno de nuestros antepasados”.

Y en una configuración diferente de palabras, en esta ocasión, cada vez que tuve frente a mi a mis tios, primos, todos esos familiares que pude ver y reconocer en este viaje, podía verme reflejada en cada uno de ellos. Mi sonrisa, mis gestos, mi forma de ser, como fui, lo que soy ahora, lo que quiero ser. Pequeños pedazos de un gran rompecabezas, uno a uno, me ha mostrado lo que han dejado en mi. Y reconocí la belleza de cada uno de ellos y a su vez, mi belleza. Mientras escribo estas líneas, sus rostros iluminan como fuegos artificiales mis redes neuronales. Los veo claramente y me veo en cada uno de ellos.

Mi familia está dispersa por varios lugares México, pero ahora sé que están conmigo todo el tiempo. Se encuentran en mis gestos, en mi forma de ser y de tratar a los demás, en mi forma de vivir. Es así como honramos a nuestros ancestros, a nuestra larga historia que viene trazada por polvo de estrellas, que ha tomado esta forma humana y que está aquí de paso, para vivir, para ser felices, para aprender y agradecer lo que somos.

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Mis amados padres y hermanos.

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Mis abuelos maternos: José Cárdenas y Esther Vizcaino.

Cumbre Tajín: desentrañando las raices de la identidad

O dicho de otro modo: el inicio de un camino que conduce a mi identidad.

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Algunos conciertos que he disfrutado en Cumbre Tajín. Tool, The Flaming Lips, Troker y Lila Downs.

Cuentan que uno siempre regresa a los lugares donde amó la vida. ¿Has regresado a un lugar que no visitabas hace tiempo, que está lejos de tu vida cotidiana, aquel dónde todo lo vivido parece haber salido de un sueño surrealista? Y lo mejor de todo: Rostros sonrientes por doquier, piezas sueltas del rompecabezas de tu vida salen a tu encuentro. En un abrir y cerrar de ojos te encuentras en un lugar donde una parte vital de tu esencia se ha activado y continúa en crecimiento.

El parque Takilhsukut, sede se Cumbre Tajín, es ese mágico lugar para mi: es el inicio de una Yo que sólo anhela ser mejor persona. Es uno de mis lugares favoritos en este mundo… Y he visitado casi 20 países y un centenar de ciudades a mis casi 35 años, todo gracias a mis estudios y al apoyo que he recibido de mi familia, amigos y todo aquel que ha creído en mi. Provengo de una familia humilde pero con sueños grandes, que sabe luchar y dar. Pero no quiero hablarles de mi ahora. Más bien quiero compartir lo que he llegado a aprender en este mágico lugar, el inicio, el parque temático Takilhsukut.

De Cumbre Tajín he escuchado y leído muchas cosas, algunas de ellas negativas. Cosas como: “ese festival es puro desmadre, sólo utilizan la cultura Totonaca para vender” y cosas peores. Yo fui a dar a Cumbre Tajín por ver a Tool en la primavera de 2014, después de 5 años de vivir lejos de México. Al momento que escribo estas líneas, es la tercera vez que vuelvo a Cumbre como voluntaria. La primera vez salí con un enamoramiento, la segunda con lo que se conoce como “corazón roto” pero lleno de otras cosas maravillosas que ahí aprendí y la tercera, la tercera vez salí enamorada de la vida y de mi.

Y uno se puede enamorar de sí mismo y de la vida de maneras muy diversas. Se puede enamorar incluso a través de los elementos más insignificantes, más inverosímiles para muchos. Te puedes enamorar, por ejemplo, a través de un colibrí.

Cuando veas al colibrí volando, piensa que tú también puedes volar con tu inteligencia estudiada; te llevará lejos, hasta donde quieras llegar.

Akxni na akxilha jun kgoslawaka, kalakapastakti pi, wix natlan nalikgosa miliskgala, nikuma likgalhtawakganita, nalinan makgat lata niku chipinputuna.”

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El maestro Jun Tiburcio y una probadita de su arte, además de algunos poemas de Xlatamat Jun – La Vida del Colibrí que aparecen en el texto.

Jun Tiburcio es nativo de las montañas de Chumatlán, Veracruz, del corazón del Totonacapan. Con una mirada atípica y exploradora cruza el recinto dónde los voluntarios aguardamos para empezar con nuestras labores. Su traje blanco de algodón, su pañuelo rojo, su sombrero y sus huaraches resaltan entre una multitud de seres sin identidad o con identidades demasiado diluidas. Y es así como mi aventura en este año da inicio, al tener el privilegio de acompañar durante mi voluntariado a uno de los artistas detrás de la magia que exhibe el parque temático y que comparte este festival.

Belleza – Takaxtay / Jun en La Vida del Colibrí

La ropa nos cubre, embellece nuestro cuerpo. De nuestro interior sale el ornamento del alma que cultiva su belleza.

 Kilhakgatkan litasputuyaw, tlan litasiyu kimaknikan kinpulaknikan taxtuyacha wa nikuma litakaxtayay kinakujkan malhuwi xlistlan kilistaknikan.

México es un país que, desde mi punto de vista, destaca por ser racista (¿autoracista?). En este país, las 62 etnias indígenas reconocidas, es decir, los cerca de 10 millones de mexicanos 100% indígenas, suelen vivir en el rezago y discriminación. Irónicamente, aunque la gran mayoría de habitantes de México también somos indígenas “mezclados”, por alguna absurda razón no nos gusta reconocerlo o aceptarlo.

Al pensar en estas cosas, en mi mente surgen muchas dudas e ideas. Por un lado, el festival Cumbre Tajín, el festival de la identidad, es una grandiosa oportunidad para precisamente acercarse a las raíces del México prehispánico, es decir, nuestras raíces, raíces ricas y profundas. Así como el árbol de la vida del parque Takilhsukut representa nuestra comunicación con el universo, la sabiduría de nuestros ancestros que brota de un manantial inagotable, que fluye y alimenta las ramas con frutos que llegan al cielo y que son nutridos también por la luz del sol, así somos cada uno de nosotros. Por otra parte, personas como Jun Tiburcio, mismo que ha elevado su palabra en Totonaco para exaltar la belleza de lo que le rodea, de lo invisible, de lo que hay en la mente y el alma, son de gran valor para la humanidad. Él ha recibido premios en otros países por sus obras, mismas que ha presentado en Canadá y en Australia, por mencionar algunos ejemplos. Sin embargo, mucha gente de este país le ignoraría o, incluso, serían capaces de hacer alguna burla por su reluciente vestimenta en algodón blanco. Y esto no es más que el reflejo de una sociedad que necesita urgentemente reconciliarse consigo misma, valorarse, quererse y vivirse en plenitud.

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Diferentes actividades culturales en el Parque Temático Takilhsukut. Orquesta de niños, el museo, Kantiyán (La casa de los abuelos), díalogo entre Totonacas y Nahuas, los Quetzales danzando.

Encontrar trocitos de identidad puede llegar a ser tan fácil que basta con detenerte a contemplar artesanía mexicana. Luisa Castaño Parra vende sus artesanías frente al zócalo de Papantla, ella y su familia tienen un pequeño taller en el que fabrican aretes, palos de lluvia, tamborcitos y otras artesanías. Me detuve a verlas, he comprado unos aretes que son pequeños voladores y un tamborcito. Doña Luisa me dice: “Gracias por valorar nuestro trabajo, nuestras artesanías. Es muy importante preservar nuestra cultura, hay jóvenes se van y no quieren saber nada de sus raíces, mi hijo sí, pero muchos otros no. Gracias por interesarte en lo que hacemos”. Por su parte, Fernando Díaz, a diferencia de muchos vendedores en Teotihuacan, espera pacientemente bajo el sol en la calzada de los muertos. Vende obsidiana, él mismo ha creado nuevas formas para poder dar masajes en diferentes partes del cuerpo y según los malestares que podamos tener. Las vende de ornamento también. Nos cuenta como ha aprendido esto de su familia, sus abuelos. Nos habla con mucha tranquilidad de las propiedades de la obsidiana y como ha sido importante desde el México prehispánico. Nos cuenta que a su hija le habla de esto, ella tiene 19 años, pero va a la universidad, él quiere para ella una vida con más oportunidades, pero que nunca se le olvide que es teotihuacana, de sus raíces.

“La palabra del corazón – Xtachuwin naku – Jun en La Vida del Colibrí

Haz valer tu habla, que persona ajena no valorará, sino nosotros mismos. Escribe tu lengua, estúdiala, háblala, escúchala.

Abre tu sabiduría, ámate, respétate, hónrate a ti mismo. Así elevarás tu autoestima.

Kalipawanti mintachuwin tiku kaj atanu namachixkuwiliy pi ni akinin.

Katsokgti mintachiwin, kalikgalhchuwinanti, kakgaxpatti.

Kamalakki miliskgalala, kapaxkikanti, kakakninikanti, kalakgachixkuwika mikstu. Chuna Lanka namakglhkatsikana.

En La vida del colibrí, el último poemario de Jun, se reúnen de manera sutil los elementos que dan vida a esta ave tan importante para la cultura mexicana. La obra inspirada en el poemario se ha presentado en esta edición de Cumbre Tajín. Me es imposible dejar de notar el carácter de cada una de las esculturas de barro, las pinturas e instalaciones que Jun ha realizado para la misma. El colibrí que lleva vida, la vida que dejamos al partir, la paz con la que se marcha de este mundo un ser que contribuyó en armonía total, la ternura del colibrí. Observo las pinturas que acompañan el poemario. Qué belleza el detenerse a contemplar esos milagros de la naturaleza y que se nos han regalado: colibries en vuelo, amorosos, elegantes, nidos, el colibrí muriendo consciente y tranquilo.

Resulta toda una experiencia escuchar a Jun mientras habla de su obra. Nos habla de la vida, de la muerte, del alma, de lo que dejamos cuando partimos de este mundo, de la fisionomía del colibrí, de los tipos de colibries que existen, de política, de lugares lejanos, de sus ancestros y su lucha, de rendirles homenaje. Es un recorrido por la esencia del ser humano, así como lo es su poemario “La vida del colibrí”. De Jun también he aprendido que puedes transformar algo doloroso o desagradable en lo mejor de ti, en una obra de arte. ¿Acaso no es esto una manera maravillosa de vivir?

“Dejen a los niños volar”, expresó Jun en una conferencia. Y precisamente una de mis experiencias favoritas en el festival de Cumbre Tajín es la ceremonia ritual del volador. Para mi, esta ceremonia encierra el nivel máximo de conciencia del ser humano. Una perfecta comunión entre lo material y lo espiritual. Es usar los recursos con total agradecimiento, es anhelar ver el mundo y el universo lleno de colores. Es dar lo mejor de uno mismo en ofrenda por lo que nos llevamos de la Madre Tierra. Los Totonacas, así como las otras etnias, siempre piden perdón y permiso por lo que utilizan, siempre agradecen y dan algo, lo mejor de sí, en ofrenda.

Desde mi primera vez en Cumbre Tajín me ha conmovido de manera muy particular el vuelo de los niños: orgullosos, elegantes, ellos saben que forman parte de un ritual que en 2009 ha sido declarado por la UNESCO como patrimonio inmaterial de la humanidad.

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Niños voladores.

Marisel tiene 16 años, ella, junto con otra niña de 9 años, son parte de la escuela de niños voladores de Arenal Coxquihui en la sierra de Papantla. Después de su vuelo, al bajar desde una altura de 18 metros, le pregunto a Marisel qué siente cuando vuela. Una niña delgada, aparentemente frágil me contesta con total sabiduría:

Es una emoción muy grande el volar, me conecta con mis ancestros, con mis abuelos, con mis raíces indígenas, eso que casi nadie hace.”

Alas de colibrí – Xpakgan jun / Jun en La Vida del Colibrí

Alista tus alas de colibrí, vuela como él. ¡Vuela!… Que nadie te alcance. Vuela sin parar. Alas de colibrí, alas de huracán, alas de luz. ¡Alas del tiempo!

Vuela solo o acompañado, pero vuela, no dejes de volar.

La vida es constante vuelo. Si dejas de volar algún día, todo se apagará; entonces sabras qué es descansar.

Alas de colibrí, alas de huracán, alas de luz. ¡Alás del tiempo!

“Tenemos diferentes colores en nuestro exterior, pero en el interior todos tenemos la misma esencia”

– Maestra Eneida Hernández, escuela de museografía del Centro de las Artes Indígenas

Tener la oportunidad de hablar con gente en la aldea Totonaca del Parque es una nueva oportunidad de ver con un enfoque diferente la vida, incluso poder ver y entender cosas que jamás habías vivido o pensado. En este mágico lugar he podido escuchar esas voces que hablan de identidad, de amarse a uno mismo, de amar la tierra y todo en ella, de la armonía y de la felicidad de ser uno mismo. Una de las arterías del festival es la exhibición permanente del Museo del Centro de las Artes Indígenas. Ahí se presenta “Kiminatkan” – Nuestros dones. Esta exposición busca desentrañar la cosmovisión totonaca, el nacimiento del padre Sol y cómo les ha otorgado los dones a los totonacas. Los dones de la alfarería, carpintería, algodón, volar, danzar, pintar, etc. Y también de eso se trata la identidad: de estar en armonía con el mundo y saber lo que se quiere hacer, saber cuál es nuestro don.

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La Maestra Eneida Hernández y Miguel J. León. Otras dos personas a quienes admiro y respeto muchísimo y que me han abierto las puertas de este maravilloso mundo a través de mi voluntariado en Cumbre Tajín.

Voluntarios en Cumbre Tajín 🙂 .

Yo solía temerle mucho a las abejas. El sólo ver una me hacía querer desaparecer, salir corriendo. Un buen día me contaron sobre las abejas alfareras y como de ellas habían aprendido a trabajar con el barro. Entonces, pude ver como estas valiosas culturas tratan con respeto cada criatura, cada elemento de la naturaleza. Un día entré uno de los baños del parque Takilhsukut. En el suelo yacía una abeja alfarera moribunda, me dio mucha pena que terminara aplastada en el suelo, como pude la tomé de una ala, la puse en la palma de mi mano y la llevé al césped. Pensé: “Aquí podrás descansar mejor, amiguita”. En este mismo parque, he llorado conmovida por la ceremonia ritual del volador y me han dicho palabras para aliviar mi sentir, mi impotencia por ver lo poco que la gran mayoría de los mexicanos aman sus raíces, aquí me han enseñado a tener fe en que con arte, humildad y paciencia, se puede amar lo que uno es. Yo vivo en el norte, en Baja California, y el universo más colorido de la cultura prehispánica suele estar muy lejos de mi. Así de profundo puede llegar a ser un cambio cuando en tu camino encuentras las experiencias y la gente adecuada, y, sobre todo, cuando estás dispuesto a aprender.

Además, en este parque, he visto y compartido alegrías, historias, risas y sueños. En esta ocasión, el punto final de mi voluntariado ocurre en una pequeña cafetería en el centro de Papantla. Mis compañeras voluntarias Indira y Susana abren su corazón y hablan con profunda admiración y amor de sus abuelas. Comentan tantas cosas que les han enseñado: desde viajar hasta tejer. Susana menciona a las abuelas alfareras Totonacas, ella ha realizado su voluntariado en alfarería los dos últimos años. Susana, con lágrimas en los ojos, nos comenta que a las abuelas se les ilumina el rostro cuando te acercas a hablar con ellas. Una simple pregunta cómo ¿Y cuándo aprendió a hacer esto? desata una lluvia de palabras, una suave brisa de recuerdos bien vividos y aprendizaje. Y con esta plática final todo vuelve a su lugar: hace falta respetar a los abuelos, los ancestros, nuestras raíces, nuestras costumbres. Sólo así ganaremos nuestra identidad.

“Hay que seguir sembrando ese árbol de la buena fruta, que se vean reflejadas en esas frutas nuestra manera de sanar, de compartir.”  

Abuelo Juan Simbrón (7 de noviembre de 1916 – 25 de febrero de 2015)

P.D. Un agradecimiento enorme a Francisco de León y a Hernán Encinas, nuestro coordinador y la persona que nos mantiene “a raya” en el área de voluntarios, gracias por darme la oportunidad de adentrarme más en este maravilloso mundo Totonaca.

El corazón de Cumbre Tajín

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Yo, de voluntaria en Cumbre Tajín.

Yo llegué dos veces por razones equivocadas a Cumbre Tajín. Bueno, no equivocadas, pero, de alguna manera, me llevaron motivos ajenos al corazón de este festival. En general, es visto como una excelente oportunidad de ver artistas, algunos de ellos de talla internacional, a un precio asequible y ofrece la oportunidad de pasarlo bien durante los conciertos. En la noche, cuando todo termina, fuera del parque Takihlsukut siempre hay barecitos improvisados y raves en el monte, vamos, que la diversión no para hasta el amanecer. A finales del 2013 me enteré de que Tool estaría en la XV edición de Cumbre Tajín, me emocionó bastante este hecho, pero cuando intenté comprar un boleto ya se habían agotado, más de tres meses antes de que se presentaran en el festival. Vi que podías ser voluntario. Yo había pasado 5 años fuera de mi país y de alguna manera me entusiasmó el hecho de que si me aceptaban como voluntaria, podría ver a Tool y convivir con la etnia de los Totonacas, quienes presentan sus tradiciones, costumbres y oficios a lo largo del festival, entre otras etnias invitadas y actividades de diferente tipo.

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Zona arqueológica El Tajín.

Los voluntarios siempre enloquecen antes del festival, se les lee emocionados, a la expectativa. Los que han ido antes motivan a los nuevos a sentirse así. Sinceramente, mi primera impresión ha sido “pero que exagerados son”. Y así, como la mayoría de los voluntarios, me fui sola a este festival, a formar parte de una experiencia que cambiaría una parte de mi. Estar en ese ambiente, por una semana, entre conciertos, comidas con gente nueva, hablando con visitantes de diversos lugares y con mexicanos de pura cepa, Totonacas o no, es toda una experiencia.

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Plaza del danzante. Parque Temático Takihlsukut

Lo primero que aprendí en Cumbre Tajín fue sobre mi arrogancia. No me considero una persona prepotente o déspota, pero tengo un doctorado en Física, soy astrónoma (o eso intento) y cuando una antropóloga (Maestra) me habló en un tono elevado reclamándome que si no sabía lo que eran las diéresis fue como si mi sangre hirviese un poco, la verdad. Pero entonces recordé que iba como voluntaria, no como científico y ayudé como pude a montar la exposición de la Escuela de Museografía del Centro de las Artes Indígenas (CAI). Mi compañera Maru, siempre dispuesta a ayudar, tímida y sonriente, y yo invitábamos a los visitantes a conocer la historia de cómo nació el Padre Sol y nos concedió nuestros dones (Kiminatkan, en Totonaco). Aprendí a trabajar un poco con el barro, gracias a la Abuela Juana Vázquez, la ayudamos a montar la zona de las alfareras en la exposición. Recuerdo que un día, mientras estaba en la ducha, una abeja alfarera se apareció, pero no sentí pánico, como siempre me pasa. Por el contrario, miré con respeto a la compañera de este pueblo que enseñó a los Totonacas a trabajar con la arcilla.

El viernes 21 de marzo de 2014 he visto a la banda de metal progresivo Tool y lo que hasta ahora ha sido el mejor concierto al que he ido en mi vida. Tool fue para mi un analgésico, una manera de hacer catarsis para superar una desagradable experiencia que viví cuando terminaba mi tesis doctoral, en el otoño de 2013. Sentir la poderosa batería de Dany Carey retumbar en mi pecho, ver a Maynard aparecer y desaparecer en el escenario mientras su exquisita voz susurra, canta y se desgarra, escuchar la paradójica y enigmática guitarra de Adam Jones haciendo vibrar el lugar y admirar al bajista Justin Chancellor — quien parece estar haciéndole el amor al bajo — han completado esta psicodélica y espiritual experiencia. “Misión cumplida” me dije sonriente cuando me recosté dolorida después de estar cerca de 15 horas parada ese día. También he escuchado, visto y sentido a Puscifer y a Primus ese día, un día que sin duda no olvidaré.

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Tool interpretando “Vicarious” en Cumbre Tajín 2014

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Una niña voladora, las mujeres vuelan desde hace 10 años en las ceremonias ritual del volador. Patrimonio inmaterial de la humanidad (UNESCO 2009).

Eran las 12 del medio día del sábado 22 de marzo, una flauta y un tamborcito entonaban una de las cuatro melodías de la ceremonia ritual del volador, representando el canto de los pájaros y los latidos del corazón de la Madre Tierra. En un caporal (poste) más pequeño que el de la plaza del volador (menos de 30 metros de alto) 5 niños vestidos con sus vibrantes y coloridos trajes de volador se disponían a ocupar su lugar de semidioses para pedir perdón y permiso por lo que toman de la Madre Tierra. Con orgullo y humildad ofrecen su vuelo a la Madre Tierra y al cosmos, en representación de la humanidad. En aquel momento mis ojos se llenaron de lágrimas. Fue imposible para mi permanecer inmutable ante ese acto de valor, humildad y agradecimiento. También fue imposible para mi el no avergonzarme por mis compatriotas que siempre desprecian y discriminan nuestras raíces. Miguel J. León, de Kantiyan (La Casa de los Abuelos) me siguió al ver que lloraba. Le conté el por qué de mis lágrimas, que deseaba de todo corazón que cada mexicano pudiera ver y sentir lo que yo estaba sintiendo en ese momento. Me contó que aunque a veces les era muy difícil y que sí los discriminaban, ellos también eran felices y querían compartir con el mundo sus rituales y creencias. Me dijo que yo era una buena persona, y que pronto sabría quien era yo y para que estaba aquí.

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El equipo de museografía, con quienes he sido voluntaria los dos años.

Y así transcurrió el resto del festival en la edición del 2014, entre conciertos, aprendizajes y gente que me hizo sentir bien, que me ofreció su amistad, que me ayudó a sentirme de maravilla. Mi experiencia en el museo se cerró en un circulo en el que todos los que ayudaron a la exposición expresaban unas palabras, nos incluyeron a Maru y a mi, yo les agradecí muy emocionada por su trabajo para llevar a todos su cultura, su hermosa cosmogonía Totonaca. Y lo que parecía improbable ocurrió la noche del 24 de marzo: yo que me considero rockera y bohemia bailé y me reí como loca en el concierto del Recodo. Takihlsukut significa “el inicio” en Totonaco. Y así, con esta maravillosa experiencia, inicié mi nueva etapa al regresar a vivir a México.

Hoy es 31 de marzo del 2015, hace una semana regresé de mi segunda experiencia como voluntaria en Cumbre Tajín. Regresé al festival por recuerdos, por nostalgia, con una pizca de esperanza. No había nada en el line up que me interesara de verdad. Pero anhelaba ver y sentir de nuevo a algunos de los que había conocido el año pasado. Ellos saben quienes son. Algunos no han ido, pero así es nuestro viaje en esta vida, algunas de nuestras trayectorias son como las órbitas de algunos cometas: son hiperbólicas o parabólicas, es decir, no volverán a pasar nunca más por el mismo lugar. Pero, una vez más, la vida me regaló el poder abrazar y compartir de nuevo con gente que conocí el año pasado y el poder conocer más gente maravillosa y almacenar nuevos recuerdos en mi revoltoso corazón.

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The Flaming Lips en Cumbre Tajín 2015.

En esta edición me concentré en sentir con más intensidad las actividades del parque Takilhsukut, en conocer más sobre la cultura Totonaca. Y mis sentimientos y emociones volvieron a fluir con naturalidad. En el parque Takihlsukut se respira profundo mientras el aroma de la tierra mojada y las plantas inundan la mente y los pulmones. Los colores llenan el lugar, la música suena todo el día, entre los sound check, y las melodías y danzas rituales de diferentes etnias.

La sonriente Melanie Gude, una alegre y muy especial ingeniero químico, una de mis compañeras de casa de campaña el año pasado, se acercó de prisa a darme un abrazo, yo la buscaba con la mirada cuando llegué a dónde estaban los voluntarios que habían llegado más temprano. Poco a poco, rostros sonrientes, del año pasado y rostros nuevos, fueron tejiendo nuevas redes neuronales en mi cerebro.

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El museo de la escuela de museografía del CAI en el parque Takilhsukut.

Al entrar al museo encontré a Isabel Méndez y Mary Gómez, la coordinadora de museografía y estudiantes de museografía del CAI. La maestra Eneida, vestida con sus hermosos trajes típicos, me recibió con una gran sonrisa, me dijo que le daba mucho gusto volver a verme ahí y Miguel J. León, de Kantiyan, me dijo que había cambiado de plumaje (por mi pelo, que el año pasado tenía un enorme mechón azul y este año era de un tono entre rojo y rosa fucsia). Esta vez aprendí a trabajar un poquito con el algodón. Le he quitado las semillas por casi 5 horas y desmenuzado para poder hacer una nube para la exposición. Al final del día me dolían las puntas de los dedos, pero mientras lo hacía, muchas preguntas llegaron a mi mente: ¿Cómo es que esto se convierte en hilo y en tela? ¿A quién se le ocurrió? ¿Cómo lo hacen las industrias? ¿Qué clase de químicos nocivos utilizan las industrias para blanquearlo? La maestra Eneida se sorprendió de encontrarme en el museo pasadas las 8 de la noche, despepitando, mullendo y tratando de hacer que la nube no colapsara por la gravedad. Me dijo:

  • Si a mi me preguntaran cuál es tu don, yo diría que el del algodón. Se necesita mucha paciencia para hacer esto. Yo creí que te habías ido hace horas.

Después de esta conversación, en la que me platicó como su abuela la había hecho desenredar muchos hilos cuando se acercó al mundo del algodón por primera vez, me invitó a pasarme por la casa del mundo del algodón, para aprender más al respecto.

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Deshilando en la casa del mundo del algodón.

Escuchar de nuevo el latir de la Madre Tierra y esa flauta evocando a las aves, para abrir paso a las ceremonias rituales de los voladores llenó de alegría mi ser. Sentí paz una vez más y me prometí a mi misma que iba a intentar dejar fluir las cosas, no quiero aferrarme más a sentimientos e historias que no podrán ser. En esta nueva experiencia en Cumbre Tajín cerré mis ojos para despertar mis otros sentidos gracias al taller sensorial de la casa Xanath (Vainilla). Me conecté con mis manos para tocar el tambor por una hora en el tamborama. Además de aprender a despepitar y desmenuzar el algodón, he intentado convertirlo en hilo, mientras una sonriente y hermosa chica Totonaca lo hacía con total destreza. Aquí tengo el pequeño trozo de hilo que he pintado de azul, el mismo que hice con mis manos.

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Conocí por fin todo el concepto y significado de la ceremonia ritual del volador y comprendí que, para mi, encierra el nivel máximo de conciencia del ser humano. Una perfecta comunión entre lo material y lo espiritual. Es usar los recursos con total agradecimiento, es anhelar ver el mundo y el universo lleno de colores. Es dar lo mejor de uno mismo en ofrenda por lo que nos llevamos de la Madre Tierra. El abuelo Romualdo me invitó a conocer la casa del corazón de la madera, en la que pude trabajar un poco con madera de cedro, tan dura y tan blanda a las herramientas adecuadas. Los Totonacas siempre piden perdón y permiso por lo que utilizan, siempre agradecen y dan algo, lo mejor de sí, en ofrenda.

Tengo aquí una hoja de vainilla hecha de barro, un pequeño jarrito que hizo con sus manos la abuela alfarera Juana Vázquez, mismo que ella me regaló, un hilo azul, un morralito pintado con las pinturas vegetales que ellos hacen y un montón de recuerdos y experiencias que, de nuevo, me dieron otra forma de ver las cosas. Araceli (Volar sin Alas) me enseñó que el que no sueña no vuela, que nosotros volamos sin alas. Y tengo un mandala que hice en el taller de ecología, hecho con un CD, pintura para vitral y con un diseño de la zona arqueológica del Tajín. Se pinta de adentro hacia afuera y la tallerista nos dijo que cuando nos sintiéramos nerviosos lo miráramos, que era nuestro espacio personal. El abuelo Severo, de la Casa del Volador, me enseñó a decir hola y adiós en Totonaco: Galen y Tachali.

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Voluntarios de Cumbre Tajín 2015.

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Cumbre Tajín tiene un don extra, el poder de sacar a jugar al niño que todos guardamos dentro en las casas de la aldea Totonaca, en los talleres, en los conciertos, nuestro niño puede salir de muchas maneras. Al margen de las críticas y lo malo que pudiese llegar a tener este festival, a mi me ha dado excelentes aprendizajes y recuerdos. Y, sobre todo, poder conocer al corazón del festival: mis hermanos Totonacas, siempre ofreciendo una sonrisa un tanto atípica pero sincera, dándote la mano y compartiendo lo que son. He escrito mi experiencia en Cumbre Tajín porque mis amigos del museo me han pedido que les cuente lo que ahí he aprendido, lo que hacen y mi experiencia con ellos. Yo, con gusto, he tratado de hacerlo en estas líneas.